Poéticas en comunión

Poéticas en comunión
Visita a la exposición Comprender no se hace con la razón


La exposición de Concha García e Ignacio Llamas en la Galería Daniel Cuevas se articula como un ejercicio de comunión artística donde dos lenguajes, aparentemente autónomos, buscan un territorio común. Desde el inicio, el proceso se sostuvo sobre dos premisas esenciales: apertura y confianza. En ese espacio de trabajo compartido, ninguna idea era descartada de antemano; el diálogo se convirtió en un gesto de generosidad mutua donde intuición y método se entrelazaban para explorar afinidades de poética y de concepto.

Sin embargo, el verdadero desafío no fue solo compartir materiales o referencias, sino abandonar el propio yo para entrar en el mundo del otro. Llamas reconocía durante la visita que le resultaba más fácil ser generoso —dar sus materiales, permitir que sus piezas fueran transformadas— que aceptar plenamente la generosidad de Concha. Recibir implicaba exponerse a una posible pérdida de identidad: “estoy usando su lenguaje, me estoy contaminando”. Ese temor inicial, ligado a prejuicios profundamente arraigados en la práctica artística individual, se convirtió en un punto de inflexión del proceso. Al atravesarlo, ambos artistas descubrieron algo inesperado: la identidad no desaparece, sino que reaparece transformada.

Las fotografías intervenidas por

García —recosidas, arañadas, atravesadas por cristales o telas— evidencian esta tensión entre destrucción y reconstrucción. Ignacio, por su parte, introduce estructuras y volúmenes que remiten a sus habituales reflexiones sobre la vida y la muerte, el positivo y el negativo. En el fondo de este intercambio laten las palabras que atraviesan también los libros de porcelana de García y las referencias poéticas que acompañan el trabajo de Llamas: esperar, confiar, trascender y, sobre todo, donación.

El espacio expositivo refuerza esta experiencia de comunión. El vacío adquiere un papel decisivo: las separaciones, los huecos y las superficies blancas —que funcionan casi como cartelas poéticas— expanden la obra más allá de sus límites materiales. En ese juego entre lo real y lo ficticio, entre peso y ligereza —como en la imagen de una hoja de barro que, contra toda lógica, podría volar— la exposición plantea una pregunta fundamental: hasta dónde puede llegar el arte cuando los artistas se permiten atravesar sus propios límites.

La respuesta aparece en la propia exposición: la comunión no se detiene en la obra del otro, sino que comienza en la superación de los propios prejuicios. Allí, en ese gesto de abandono del yo, surge la posibilidad de una experiencia compartida que transforma tanto la obra como a quienes la realizan.